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[Pasaje de una crónica de viaje, de Anton Sokolov]

Los hombres con los que zarpé son buenos marineros, no me cabe duda de que la mitad de ellos se curtieron en los granujas barcos piratas surgidos del archipiélago de Serkonos. Aunque debería decir que "eran" buenos marineros, la mitad murió antes de avistar siquiera los irregulares acantilados rojos que dan la bienvenida a aquellos que se aventuran hasta el continente lejano, como muchos lo conocen. Las causas fueron diversas. Las enfermedades, las peleas, y la intoxicación por un banco (aunque podría considerarse una bandada) de pequeños peces que sobrevuelan las olas como pájaros, para aterrizar a cientos sobre cubierta, y pinchar a todo el que tocan con sus púas tóxicas. Dos cayeron por la borda por rachas de viento infernales. El oficial de derrota de Tyvia, muerto silenciosamente en su catre, envuelto en sus pieles blancas, con los ojos como platos por el miedo. Pocos han atravesado el océano, y la distancia que nos separa de Pandyssia es mayor de lo que la mayoría imagina. Otros murieron escalando los acantilados. Y ahora que no quedan más que unos pocos, me hallo ante la mayor extensión de tierra que existe. Mis aliados están asustados, pues esto los supera, y ahora su capitán también ha muerto, por la picadura de algo parecido a un topo de las praderas, pero que reaccionó con una furia desmedida cuando intentaron tocarlo. Así que de mí depende ahora guiarlos.

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